martes, 17 de noviembre de 2009

Hospital =S

Ya familiarizada con las mascarillas, el cálido aroma a alcohol, y las evacuaciones para prevenir y combatir la AH1N1; me encontré en el National Yang-Ming University Hospital en una fila que parecía interminable a la espera de un turno para ver al Doctor 先生 (Zhang Xian Sheng), en cuyas manos estaba descartar que yo hubiera sido infectada con tal virus; pues ayer en Lang Yang nos dieron mascarillas a todas las señoritas, para prevenir la expansión del virus, de aquel que obligo a cerrar dos aulas lo que nos da un total de cien señoritas en cuarentena por la pandemia, yo pensaba:”ya se había tardado en llegar aquí…”, el día transcurrió con en medio del estudio de diez nuevos caracteres chinos por aprender, lo que mantuvo mi mente ocupada hasta las cinco de la tarde cuando comencé a sentir un punzante dolor en mi amígdala izquierda, mal momento.

Al llegar a casa bebí cuánta agua pude, intentando aplacar el dolor y creyendo que podía mejorar, no quería aceptar la verdad de una amigdalitis. La señora Lin al enterarse de mi dolor, me recomendó tomar mucha más agua y esperar a la mañana siguiente esperando un buen resultado, y no me dejo ir a la cama sin antes ofrecerme una taza en la que vertió de una botella negra un liquido amarillento con un aroma muy fuerte, una mezcla entre jengibre y ajo, que me hizo dudar al ver que en la etiqueta decía: “vegetales fermentados y jugo de uva”, la lleno y me la puso en mis manos, con la advertencia de que su sabor es amargo, además debes beberlo en pequeños sorbos, lo que hace más penoso el injerir el brebaje; mi primer sorbo rasga mi garganta es un sabor muy fuerte o yo estoy muy mal, me estremece entera aquel amargor e involuntariamente se me escapa un guiño, con el que desato la risa de Jia-Jen, mi hermana taiwanesa, los siguientes sorbos producen el mismo efecto en mi.

06h50am me tocan la puerta, y de un grito me levantan, con la voz de mando que dice que es hora de ir a estudiar, trago saliva, siento aun el sabor amargo de aquel brebaje, y percibo que no estoy tan mal, pero: “mas vale prevenir que lamentar”, desisto de la idea de ir a estudiar y pido que me lleven a ver un Doctor.

El hospital nos da la bienvenida con filas y filas de personas que usan mascarillas, el olor a medicinas obviamente esta en el ambiente, y al entrar me marea; el señor Lin me señala una de las ventanillas me paro en la fila y él desaparece, luego mi nombre se oye y a lo lejos veo al señor Lin en otra fila me llama y me dice esta es la correcta; comienzo la fila de nuevo…cuando al fin después de 20 min de espera en la fila correcta me asignan un turno, el señor Lin me guía hasta el consultorio ubicado en el primer piso del hospital, espero en una banca junto a otras diez personas, la enfermera abre la puerta y busca a alguien con la mirada, cierra la puerta, segundos después la abre nuevamente y mira con más cuidado a cada uno de los pacientes en espera, el señor Lin se percata de que la enfermera no sabe como leer mi nombre, y estaba buscando diferenciarme por mi apariencia, y yo se lo complique al usar una mascarilla y agachar la cabeza en señal de dolor y aburrimiento, entro al cubículo y al doctor no le toma más de seis minutos examinarme y prescribirme unas pastillas, hasta luego.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Otoño...!

Otoño, Yilan se deshoja; a las estudiantes de Lang Yang nos asignan la tarea de recoger las hojas que caen de los 18 árboles que rodean las veredas del colegio, mientras en los patios se escucha el estruendo de los sopla hojas que callan y asustan a las aves en las copas de los más de 20 árboles dispersos por el campus, que daban sombra en el caluroso verano, y que ahora se reducen a betas de colores en gamas ocres, rojizas, amarillas.

Hoy usamos pantalones, atrás quedo la falda negra tablonada hasta la rodilla, hoy usamos camisas de manga larga, guardando en el cajón a la camisa de manga corta con aquella figura cuadrada a prueba de curvas.

Pero hoy me sigue dando pereza levantarme en las mañanas, sigo tomando en el desayuno una taza color café con leche, que me miente, pero no me gusta, sigo perdiéndome en la ciudad y encontrando al fin el camino, hoy sigo sentada en el aula 211 con 46 compañeras y cero español.

Pero hoy también ha sido un bello día, el sol ha brillado como solo brilla en Quito; camino a la biblioteca me paro a contemplar su esplendor por el simple hecho de recordar mi hogar, y me ataca la nostalgia, afortunadamente una de mis compañeras me saca de mi sopor nostálgico con un manotazo de confianza, vaya confianza, vaya manotazo! 林亞拉!!! (linyala, mi nombre chino) y con señas me confirma la dirección en la que debo ir, mientras me frunce el seño y según entiendo, mi parada de profunda contemplación interna ha afectado seriamente el “trafico” cientos de niñas se mueven a mi alrededor como hormigas, por un momento me ahoga un sentimiento de claustrofobia; llegadas a la biblioteca vamos a la sala de audiovisuales y me quedo dormida.

Me despierta la campana, la clase terminó y todas en fila india se dirigen al patio principal del colegio; ¿a qué se debe? Pregunto con cara de indignación, ¿quién me arrebato mi dulce sueño? La respuesta, como no podía ser de otra manera, es demasiado inesperada: “vamos a bailar!”, Bailar? Cómo bailar? Los taiwaneses no bailan? O es que si bailan?

Nos ubicamos las mas de mil estudiantes de Lang Yang en el patio principal y nos formamos en filas de cuatro, me agarran de las manos y la música empieza, suena como de los 50’s o antes, y comenzamos a danzar, cruza este pie, arriba, abajo, al centro, hey!!! La música cambia, es otra canción suena como cantos de mojes ce aquellos en las iglesias, y de pronto estalla una canción como de rock and roll, cambamos de danza, nos unimos en círculos, sigo aturdida y bailando, pregunto a todas el por qué? Todas están concentradas, y en medio de saltos mi zapato sale volando por entre los cientos de piernas que desfilan ante mi: bailando, corro a buscar mi zapato ya mis espaldas otras cientos de bocas ríen a costa de mi perdida; aunque finalmente encontró mi zapato la danza ha terminado, y aliviadas del esfuerzo y el escándalo, mis compañeras responden al fin a mi pregunta: hoy bailamos porque fue un día soleado, despejado, y hemos tenido un bello atardecer, porque estamos felices!